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Una cosa tremendamente llamativa de la primera encíclica del Papa es la referencia al ejemplo de Nehemías y la reconstrucción de las murallas de Jerusalén. Es decir, ¡que incluso la “ciudad de Dios” tiene murallas, es decir, fronteras!, por más que luego se adorne la cosa observando retóricamente que estas son para proteger “la convivencia fraterna”. En términos del propio universalismo católico, no se entiende bien que lo que se bendice para Jerusalén, se le niegue a las demás naciones, y muy en particular a las europeas, invocando un idealismo frailuno que es de todo punto impracticable desde un punto de vista de prudencia política básica.

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